La mayoría viven y trabajan en Madrid desde hace décadas, pero ninguno se ha distanciado de sus raíces extremeñas, que ejercen con orgullo y mucho cariño y a las que vuelven en cuanto tienen la mínima oportunidad. Se labraron su futuro en la Comunidad madrileña, y ahora sus hijos, esas segundas generaciones de extremeños en la capital, miran a la tierra natal de sus padres con otros ojos, admirados del avance de la región, a la que algunos no descartan ir a emprender sus profesiones, pese a que piensan que todavía le falta un empujón para que Extremadura se convierta en un completo lugar de referencia.
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