Castilblanco, 77 años después


Antes de leer esta crónica, le proponemos un entretenimiento. Saque usted sus llaves del bolsillo. Barájelas y repare en cómo algunas de ellas tienen tres letras mayúsculas grabadas en el metal: JMA. Son las iniciales de José María Aristáin, propietario de una importante fundición de Getafe donde se hacen una gran parte de las llaves que abren las puertas en España. JMA, o sea, el señor Aristáin, está comprando tierras por la zona de Castilblanco, en la Siberia extremeña. Tiene ya 12.000 hectáreas, algunas de ellas adquiridas al banquero Pablo Garnica, y sigue comprando.
De estas noticias se entera uno en el café bar Flores de Castilblanco. Hemos llegado hasta aquí en una mañana de niebla espesa y humedad intensa. Florencio, el jefe, nos prepara unas tostadas suculentas. «Son de pan del pueblo. Es muy bueno para hacer migas y tostadas. Somos 1.300 habitantes y fíjese usted que tenemos dos panaderías y una cooperativa panadera».

En el bar Flores se habla de la aceituna, de los níscalos, de la matanza… No parece preocupar mucho que JMA compre hectáreas sin parar. Ahora ya no existe el problema de la tierra, pero hace 77 años no era así. En el partido judicial de Puebla de Alcocer, al que pertenecía Castilblanco, el 68’18% de la tierra estaba en manos de grandes propietarios absentistas y una cuarta parte de los vecinos carecía de propiedad alguna.

En 1931, en este partido judicial, la edad media a la que los niños se incorporaban a las tareas agrícolas era de menos de diez años. Faltaban escuelas, sobraban tabernas y en toda la provincia de Badajoz solo había 16 casinos con una pequeña biblioteca. Estos datos, recogidos en el libro «La primavera del Frente Popular», del historiador, profesor e investigador extremeño Francisco Espinosa, dibujan la situación de Castilblanco hace 77 años.

En el bar Flores, entre café y copita para combatir el frío, los parroquianos aclaran que la situación ha cambiado sustancialmente en lo tocante a la tierra. «Las parcelas están muy repartidas entre la gente del pueblo. Todo el mundo tiene algo de olivar, de vid… Hay mucha uva, mucho níscalo, mucha aceituna, aunque este año ha venido muy malo y hay poco de todo. Esto, en la época del hambre, hubiera sido terrible».

De la agricultura vive poca gente ya en Castilblanco. La Cooperativa Olivarera San Cristóbal Mártir recoge de media un millón de litros de aceite por cosecha. «Este año la cosa no ha venido buena. Hemos cogido 600.000 litros», calcula José Luis, el presidente de la cooperativa. «En el pueblo se cuentan con los dedos de la mano quienes no tienen olivos», apunta. Pero pocos dependen de la tierra. «Muchos viven en Madrid y vienen en la época de la cosecha para recoger. Tenemos un aceite muy buena. En 2004 ganamos el primer premio al mejor aceite de oliva de la zona Siberia-Pela», se enorgullece el presidente, propietario paradigmático de Castilblanco: 40 años en la emigración en Barcelona y unas tierras en el pueblo como complemento.

Si la cosecha es buena (millón y medio de litros en 2006), venden aceite a Carbonell, pero no arriesgan demasiado con la comercialización. Es aceite para casa, fundamentalmente, y si sobra, se vende a granel, aunque envasan con la marca Monte Oliva.

Cuatro caciques

José Luis recuerda lo que le sucedía en Barcelona y en otros lugares no hace muchos años: «Decías por ahí que eras de Castilblanco y te miraban raro». ¿Pero qué pasó en Castilblanco en 1931? «Mi abuelo siempre me contó que la culpa la tuvieron cuatro caciques, que presionaron al alcalde para que saliera la Guardia Civil y luego pasó lo que pasó».

Los últimos estudios sobre la tragedia relatan que los braceros sin trabajo de Castilblanco habían realizado una manifestación. Cuando acabó, el alcalde, presionado por algunos terratenientes, mandó salir a la Guardia Civil. Hubo un forcejeo con una mujer, un campesino se interpuso, un guardia mató de un disparo al bracero y se produjo la matanza de los cuatro guardias civiles del puesto. Fueron detenidos por el ejército 50 hombres y seis mujeres. Sanjurjo, posteriormente general golpista y a la sazón director general de la Guardia Civil, declaró en Badajoz, durante el entierro de los guardias: «En un rincón de Badajoz hay un foco rifeño. (…) Yo no sabía que quedaban en España pueblos salvajes».

José Luis nos guía hasta la casa que era cuartel de la Guardia Civil en 1936. Es una humilde vivienda que aún se conserva. Después nos lleva a la Avenida de la Constitución, donde murió el jornalero y sucedió la matanza de los guardias.

Pasa una señora y saluda. Cruza un jubilado y se queja: «Tengo más frío que un perro chico». Discurre la mañana en Castilblanco. Vamos a casa de Amparo. Nos ha prometido que nos va a preparar unos dulces típicos del pueblo. Se llaman dormidos y llevan vino de pitarra, azúcar, levadura y manteca de cerdo, «aunque nosotros no la llamamos manteca, le decimos pringue».

Amparo está con su prima Aurora y su amiga Felipa. «¿Un traguito de vino? Beba, beba, si este vino no emborracha, solo agacha». Mientras amasan y dan forma a los dormidos, recuerdan la tragedia de hace 77 años. «Mire, lo de Castilblanco y lo de la guerra, aquí ha procurado olvidarse, no se habla de eso».

En Castilblanco gobierna el PP y estas tres pasteleras tienen mucha relación con el poder local. Laura, la sobrina de Amparo y Aurora, es concejala de Urbanismo y Angelines, la hija de Felipa, además de la ATS del pueblo, es teniente de alcalde. Las tres señoras repasan la lista de ricos del lugar y les salen muy pocos. Señalan emigrantes, comerciantes, albañiles, trabajadores de servicios… Una clase media que parece predominante en el Castilblanco del siglo XXI.

A ella pertenecen Honorio y Remedios, los dos queseros del pueblo. Ambos se apellidan López y son primos. Honorio elabora 30.000 kilos de queso al año y presume de hacer el único queso extremeño de leche de oveja de pasta prensada artesanal. «Es el queso de aquí de toda la vida», aclara y cuenta luego que ya en «El Practicón», de Ángel Muro, un libro de 1890, se menciona el queso de La Siberia.

«Si es que no lo valoramos, pero Extremadura y Castilla La Mancha son las regiones de España donde más variedad de quesos hay», presume Honorio. Sus quesos se comercializan con el nombre de Castilcerro y los de su prima Remedios, a quien, paradójicamente, todo el mundo conoce por La Paqui, tienen el nombre comercial de El Matorral.

Charlamos con Honorio en el bar Queen, quizás el más moderno del pueblo: buena música, muchos periódicos, pinchos elaborados, decoración moderna y una señora asturiana de Vegadeo detrás de la barra. Nos cuentan que a los de Castilblanco los llaman berceros porque los de Valdecaballeros les vendían berzas y así los motejaron. Ellos les han devuelto la pelota y llaman jabalíes a los de Valdecaballeros, se supone que por lo de la caza. Sin embargo, hay otra versión sobre el origen del gentilicio. Nos la expone la mujer de Floren, el del bar: «Es que en Valdecaballeros no tenían Cristo y nosotros les regalamos uno. Ellos, a cambio, nos trajeron coles y nos quedamos con lo de berceros».

Entre ambos pueblos fluye el río Guadalupejo, conformando un corredor ecológico que visitamos al atardecer. Patos, agua, verdor, arboledas. A la vuelta, en la dehesa El Garabato, unas damas con ‘barbours’ se detienen y charlan. Son de fuera, son terratenientes modernas, no absentistas: siembran la tierra, dan empleo, tienen cientos de ovejas. Hablan de arte, de paisaje, de sensibilidad… Algo ha cambiado.

Cae la tarde. Volvemos a casa de Aurora. Los dormidos ya han salido del horno. Están deliciosos, suavísimos y en su punto de dulzura. Han pasado 77 años desde la tragedia. Ni en el país que nunca se acaba ni en el resto de España se mira ya raro a los de Castilblanco. La historia ha puesto las cosas en su sitio y el tiempo ha borrado la tristeza. Amparo cuenta que los maestros y los médicos que llegan destinados a Castilblanco ya no se marchan y revela el secreto: «Tenemos un manantial al que llaman Fuente Vieja y quien bebe de él, no se va nunca de aquí».

Por J.R. Alonso de la Torre
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